Había una vez un alpinista que se había preparado durante años para conocer un ascenso muy difícil, pretendía escalar una montaña inmensa, llena de riscos verticales imposibles de escalar, nevadas terribles, todo un reto aún para un alpinista profesional como lo era él.
Llegó el gran día, el alpinista y su equipo de colegas iniciaron al ascenso, todo parecía marchar bien, habían ganado algunas horas gracias al buen clima, de pronto, los sorprendió una inmensa nevada. El grupo de alpinistas había logrado llegar a un refugio durante esa noche, él y los otros alpinistas más experimentados estaban considerando la posibilidad de abortar el ascenso.
Es muy arriesgado – decían la mayoría de los alpinistas.
Debatieron durante toda la noche, a la mañana siguiente el experimentado alpinista era el único que estaba decidido a lograr su objetivo, el resto del equipo trató de disuadirlo pero no los escuchó, continuaría solo.
A la mañana siguiente la nieve había cubierto la montaña, lo cual hacía más difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás así que de todas maneras con su propio esfuerzo y coraje siguió trepando y trepando por esa empinada montaña.
Hasta que en un momento determinado, quizás por un mal cálculo puso el pico de la estaca para sostener su cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, comenzó a caer a pico por la montaña golpeando salvajemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.
Toda su vida pasó por su cabeza y cuando cerró los ojos, tal vez esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga, miró hacia arriba pero todo era ventisca y la nieve cayéndole sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el tirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado.
Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio pero era imposible, no podía calcular cuantos metros o kilómetros había caído, debía hacer algo pues sabía que si permanecía allí mucho tiempo moriría.
De pronto, escuchó una voz que venía desde su interior que le decía: suéltate. Pensó que soltarse significaba morirse. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir incluso tomó su navaja determinado a cortar por encima de él la cuerda. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía pero la voz le insistía: suéltate, no sufras más – y se hacía presente una vez más el impulso a aferrarse más fuerte aún. La lucha siguió durante horas, pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.
Cuenta la leyenda que a la mañana siguiente la patrulla alpina de búsqueda y salvamento encontró a un escalador casi muerto. Le restaba apenas un hilo de vida. Algunos minutos más y el alpinista hubiera muerto congelado. Irónicamente lo encontraron aferrado a una soga a menos de un metro del suelo.
Y digo que, a veces, no soltar es la muerte. A veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó. Soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caída.
Todos tenemos una tendencia a aferrarnos a las ideas, a las personas y a las vivencias. Nos aferramos a los vínculos, a los espacios físicos, a los lugares conocidos, con la certeza de que esto es lo único que nos puede salvar. Y aunque intuitivamente nos damos cuenta que aferrarnos a esto significa la muerte, seguimos atados a lo que ya no sirve, a lo que ya no está, temblando por nuestras fantaseadas consecuencias de soltarlo.
Jorge Bucay
