Pasé 2 años de mi vida dedicada a sanarme. Comencé constelando, descubriendo qué memorias inconscientes guiaban mis conductas y elecciones, hice terapia convencional y holística, me hice la carta natal para conocer más las fortalezas de mi personalidad.
Medité, dormí, bailé, viajé sola, lloré mucho, pasé días enteros en silencio y sin internet, leí libros, escribí, ví videos, películas, documentales, hice ayunos, salí a caminar, hablé con muchas personas… Conocí mejor a los integrantes de mi árbol genealógico, aprendí de sus miedos y sufrimientos.
Me di permiso para experimentar todas la emociones como el enojo, la rabia y la tristeza. Aprendí de ellas. Me di permiso para dejar de repetir lo impuesto por mi clan y empezar a reparar las ideas que tenía sobre la vida.
Enfrenté a mi ego. Le puse nombre.
Doné todo lo que ya no necesitaba.
Cambié por completo mi diálogo interior, dejé de criticarme y maltratarme, para quererme verdaderamente.
Personas se alejaron, también me alejé.
Hice lugar en cada rincón de mi vida. Limpié todo resentimiento de mi sistema. Perdoné.
Aprendí a recibir y dar en igual medida.
Cambié rutinas de trabajo y de descanso. Ahora duermo siestas, desconecto el teléfono y agradezco cada mínimo detalle que se me regala: el canto de los pájaros, el calor del té, la voz de mis papás al teléfono… Digo más veces te amo, hago más regalos, pienso menos en lo que sucederá.
Respeto mis procesos, mis días, mi energía. Me volví selectiva con lo que como, leo, escucho, pienso y con quien comparto mi tiempo.
Entendí que mi existencia tiene un gran valor, que debo cuidar conscientemente del alma que habita en este cuerpo.
Un día de enero decidí bautizarme. Elegí unas cuantas flores, las puse a hervir y usé esa agua para bañarme.
En ese acto simbólico prometí amarme, mirar mis heridas del pasado con alegría, ser respetuosa con cada uno de mis sentimientos y dedicarme a ser yo misma.
Como último acto de amor, le entregué mi vida a la Divinidad para que sea ella quien arme y desarme mi camino a su voluntad.
Hoy, nada me condiciona, al fin… soy libre.
Nadia Herencia